Cómo influye el clima en el vino

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Vino y clima mantienen una relación mucho más estrecha de lo que parece. Entender cómo influye el clima en el vino es también una forma de comprender el territorio del que procede.

Hablar de clima como un único elemento es a menudo erróneo. El clima está formado por varios factores que actúan al mismo tiempo y ninguno actúa por separado. La temperatura, precipitaciones, viento, las horas de sol explican por qué cada territorio produce vinos con una personalidad propia.

Llegados a este punto, podría parecer que el clima explica por sí solo el carácter de un vino. Sin embargo, la realidad es algo más compleja. En viticultura existe un concepto fundamental para entender esa relación: el terruño.

El terruño no es solamente suelo. El terruño engloba el clima, el suelo, el relieve, la variedad de uva y las decisiones que toma el viticultor a lo largo del año. En otras palabras, el vino no refleja únicamente un clima o un suelo; refleja la relación que las personas han construido con ese territorio a lo largo del tiempo.

Una variedad de uva conserva unas características propias, pero no se expresa de la misma manera en todos los lugares.

Los factores naturales condicionan el equilibrio entre azúcar, acidez y aromas. Por eso, dos vinos elaborados con la misma variedad pueden presentar perfiles muy distintos. La variedad aporta una base común, pero el entorno influye en el producto final (el vino).

No todos los factores climáticos tienen la misma importancia en cada momento del año. Una helada tardía puede afectar al desarrollo de los brotes, un verano especialmente cálido acelera la maduración de la uva. Del mismo modo, un periodo de lluvias poco antes de la vendimia puede alterar el equilibrio de la fruta.

Las diferencias entre unos vinos y otros pueden apreciarse en cualquier región vitivinícola del mundo; sin embargo, hay lugares donde la influencia del clima resulta especialmente evidente. Canarias es uno de ellos.

El océano, los alisios, el relieve y las altitudes crean condiciones muy diferentes para el cultivo de la vid. A ello se suma el origen volcánico de las islas, que aporta características peculiares a la uva y al vino.

Cada isla presenta un equilibrio climático propio y esto explica la diversidad de estilos que pueden encontrarse entre sus vinos.

La orientación de cada isla, la altitud, el relieve y la influencia de los vientos, hacen que las condiciones cambien de un lugar a otro, incluso dentro de una misma isla. Mientras unas zonas reciben más humedad, otras permanecen secas durante buena parte del año. Del mismo modo, las temperaturas suelen disminuir a medida que aumenta la altitud. Todos estos factores crean condiciones muy diferentes para el cultivo de la vid.

El archipiélago demuestra que no existe un único modelo de viticultura canaria. Cada isla, e incluso cada zona dentro de una misma isla, tiene sus peculiaridades. En Lanzarote lo vemos con la diferencia entre zancas, hoyos o chabocos; en Tenerife con el cordón trenzado típico de una zona concreta, La Orotava.

Cuando se habla de vino y clima en Canarias, el océano Atlántico y los vientos alisios son dos elementos fundamentales. La influencia marítima ayuda a moderar las temperaturas en muchas zonas del archipiélago y reduce los contrastes térmicos propios de otros territorios situados en latitudes similares.

Los alisios distribuyen la humedad de forma desigual: favorecen la formación de nubes en determinadas vertientes, mientras otras zonas permanecen más secas y soleadas.

Estas diferencias se reflejan en la uva y en el estilo de los vinos. En las zonas más frescas, la maduración suele ser más lenta y la uva conserva mejor su acidez, dando lugar a vinos frescos, ligeros y con una graduación alcohólica generalmente moderada. En las áreas más cálidas y secas, la maduración puede avanzar con mayor rapidez, aumentando el grado alcohólico y reduciendo parte de esa acidez natural.

Si en Canarias la relación entre vino y clima ya resulta evidente, en Lanzarote alcanza una dimensión excepcional. La isla recibe muy pocas precipitaciones, está expuesta a la acción constante del viento y cuenta con suelos marcados por las erupciones volcánicas del siglo XVIII.

A primera vista, estas condiciones parecen poco favorables para el cultivo de la vid. Sin embargo, fueron precisamente estas dificultades las que impulsaron el desarrollo de una forma de cultivar adaptada al territorio. Los agricultores aprovecharon el lapilli volcánico para reducir la pérdida de humedad y levantaron muros de piedra para proteger las cepas del viento.

vino y clima en Lanzarote

La cercanía al océano y la influencia del viento ayudan a mantener cierta frescura en la uva, incluso en un territorio seco y soleado. Esto permite elaborar vinos que suelen conservar una acidez marcada, una graduación alcohólica moderada y perfiles generalmente ligeros o de cuerpo medio.

En Lanzarote, hablar de vino y clima es hablar de adaptación, pero también de estilo. La frescura, la acidez y la ligereza que encontramos en muchos de sus vinos no pueden separarse del paisaje ni de la forma en que la vid se cultiva en él.

El cambio climático está modificando las condiciones en las que tradicionalmente se ha cultivado la vid. En muchas regiones aumentan las temperaturas, cambian los patrones de lluvia y se adelantan algunas fases del ciclo de la planta. Como consecuencia, los viticultores deben adaptar sus decisiones para mantener el equilibrio de los vinos y preservar la calidad de cada cosecha.

Cuando hablamos de vino y clima, esta capacidad de adaptación adquiere cada vez más importancia. En algunos territorios será necesario modificar prácticas agrícolas, recuperar o favorecer variedades mejor adaptadas o buscar nuevas formas de gestionar el agua y el suelo.

Como ha ocurrido a lo largo de la historia, el futuro del vino dependerá, en buena medida, de la capacidad de comprender el territorio y adaptar las decisiones a sus nuevas condiciones.


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