En enoturismo, la IA y la tecnología pueden ayudarnos a conocer mejor al visitante. Pero la experiencia sigue ocurriendo en un lugar concreto, con un paisaje, una historia y unas personas que deben ser interpretadas.
En el sector turístico, y especialmente en el enoturismo, el debate ya no se centra en si utilizar o no la tecnologia. La verdadera pregunta es para qué la utilizamos y qué papel queremos que desempeñe dentro de las experiencias que ofrecemos.
Porque una cosa está clara: la tecnología puede ayudar a diseñar mejores experiencias, pero no puede sustituir aquello que las convierte en memorables.
La tecnologia aplicada al enoturismo marca la diferencia entre visitar una bodega y vivir una experiencia
Muchas personas visitan una bodega pero en la realidad muy pocas viven la experiencia de visitarla. A simple vista son conceptos que pueden parecer lo mismo, pero existe una diferencia importante.
En muchas visitas, el recorrido sigue un esquema similar: se explica la historia de la bodega, las variedades que se cultivan, el proceso de elaboración y, al final, se realiza una cata donde se describen aromas, sabores y características de los vinos. Después, la visita termina en la tienda.
No hay nada incorrecto en este planteamiento. Sin embargo, cuando pasan los meses, la mayoría de los visitantes apenas recuerdan algunos detalles. Quizás si el vino les gustó mucho o si la persona que guiaba la visita fue amable. Con el tiempo incluso pueden olvidar dónde estaba aquella bodega.
Las experiencias que permanecen en la memoria funcionan de otra manera y se diseñan con otro enfoque. Aquí está la gran diferencia en el diseño y creación de experiencias diferenciadoras; es decir cuando la visita deja de centrarse únicamente en el vino y empieza a hablar también de las personas, del paisaje y del territorio. El vino deja de ser el producto y se convierte en expresión del lugar cuando alguien:
- explica por qué esa bodega existe precisamente en ese lugar;
- cuenta cuál ha sido su papel dentro de la comunidad local;
- ayuda a entender las decisiones que hay detrás de cada botella;
- relaciona el nombre del vino con una historia concreta;
- explica por qué la etiqueta tiene un determinado diseño;
- conecta el trabajo del viticultor con el paisaje que el visitante está observando.
Es en ese preciso momento que la visita deja de ser una actividad para convertirse en una experiencia.
El valor de la interpretación humana frente al uso de la tecnologia en el enoturismo
Las experiencias más memorables no nacen únicamente de la información que se transmite sino también de la capacidad de adaptar esa información a cada persona.
Dos visitantes pueden recorrer exactamente la misma bodega y salir con recuerdos completamente distintos. Uno puede sentirse atraído por la historia y otro por la agricultura o por el paisaje. Esto pasa muchísimo, y me ha pasado a mí también en alguna ocasión.
La persona encargada de interpretar la experiencia es quien tiene la capacidad de detectar esos intereses y adaptar el relato para que resulte relevante para todos al mismo tiempo. Por eso no basta con aprenderse un guión y repetirlo una y otra vez. Es importante que esta persona encargada de la experiencia sepa construir un relato que tiene sentido para quienes están delante.
Ese componente humano sigue siendo insustituible porque las personas no buscan únicamente información sino algo que aporte valor y sepa crear conexiones haciendo entender aquello que están viviendo.
La IA como aliada en el diseño de experiencias
Que el factor humano sea esencial no significa que la inteligencia artificial no tenga un papel importante. Simplemente hay que dar a la tecnología su lugar, paralelo y complementario al valor humano. La inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta muy valiosa para diseñar mejores experiencias enoturísticas si se aprende a usarla con sentido. De hecho puede ayudarnos a :
- analizar perfiles de visitantes;
- identificar patrones de comportamiento;
- detectar intereses comunes;
- estudiar históricos de reservas, valoraciones y preferencias.
Y puede transformar toda esa información en conocimiento útil para quienes diseñan y gestionan experiencias. Gracias a ese análisis es posible comprender mejor quién visita una bodega, qué busca, qué valora y qué aspectos generan una mayor conexión emocional.
Por una lado tenemos la tecnología que nos permite poner datos sobre la mesa, y por el otro las personas que pueden (y deben) dar sentido a estos datos.
La tecnologia puede ayudar a preparar una visita más personalizada porque proporciona información previa sobre los perfiles de los visitantes, señala tendencias que de otro modo pasarían desapercibidas. Pero sigue siendo el guía, el anfitrión o la persona encargada de la experiencia quien convierte esos datos en una conversación real. Es el factor humano que puede (y debe) interpretar y adaptar toda esta información previa para luego poder generar confianza y crear recuerdos.
Dos realidades destinadas a convivir
En ocasiones se presenta la tecnologia como una amenaza para las profesiones relacionadas con la atención al público y la creación de experiencias.
Creo que ese enfoque es un error porque siempre he pensado que el verdadero riesgo en realidad está en cómo utilizamos la tecnologia; y no debemos usarla para sustituir todo aquello que aporta valor y crea conexiones humanas. En un futuro muy cercano, las experiencias diferenciadoras serán aquellas que utilicen la tecnología para conocer mejor a sus visitantes y tomar mejores decisiones. Pero deberán ser las personas que diseñen estas experiencias siendo capaces de interpretar el territorio aportando valor gracias al conocimiento previo.
Porque la tecnología puede ayudar a entender mejor a quien nos visita. Pero la experiencia sigue ocurriendo entre personas.
